Doce Tribus
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Las palabras brotaron de los labios del hombre maltratado como sangre de una arteria partida. “Dios mío, Dios mío ¿porque me has abandonado? “ Expresaban la agonía de la soledad más profunda y devastadora que ningún ser humano haya podido jamás sentir. Muchos de los testigos no entendieron lo que acababa de decir por lo distorsionado de su angustiada voz, pero los que lo escucharon se quedaron estupefactos.

¿No había dicho que Dios era su Padre? ¿No era Él el que les había enseñado que Dios cuidaba de los pájaros y las flores y que hasta los cabellos de la cabeza estaban contados? Y que ni un gorrión cae a tierra sin que su Padre lo permita. Si eso había dicho ¿Cómo podía ser que el Maestro fuera abandonado por Dios?

¿No era Él, el que rebosaba de gozo y bondad?¿ El que sanaba a los enfermos, daba de comer a los hambrientos y consolaba a los oprimidos ?¿No era el que tenía más gozo y compasión que ningún otro? Si era Él, el que siempre era cuidadoso, amoroso y confiado. Era el justo ¿Cómo podía acabar así?

La noche sin dormir le había pasado factura; traicionado por un compañero de confianza, abandonado por todos sus amigos, negado repetidamente por el que decía amarle más que nadie. Burlado y atormentado por sus enemigos, escupido, molido a golpes hasta que no se le podía reconocer. Ya no parecía un hombre. Su espalda en carne viva por la cruel flagelación, su cara machacada hasta ser una masa hinchada y ensangrentada. Hombres rudos apartaban la mirada del aspecto tan horrible que tenía.

Y todavía, a pesar de todo, a pesar de las seis horas que pasó colgado en la cruz siendo burlado y escarnecido, no perdió la paz. No abrió la boca en contra de los que le oprimían, sino que oró para que fueran perdonados. Su dignidad y compostura fueron suficientes para que su verdugo dijera; “verdaderamente este era el hijo de Dios”.

Repentinamente el vínculo íntimo que había tenido con su Padre toda su vida, desapareció. La soledad se lo tragó. Lo que un día y una noche de abuso continuado no habían logrado, lo logró ese instante de separación de su Padre. En minutos murió con el corazón roto.

¿Por qué lo había abandonado Dios? Nuestro pecado. Tomó la culpa sobre sí por todas nuestras obras rebeldes y egoístas. El peso de la culpa arrojó su alma a la muerte. La separación violenta y total que sintió era la suma del rechazo que merecíamos por nuestra deliberada rebelión en contra de nuestro creador. Merecíamos ser rechazados para siempre.

Pero después de tres días y tres noches, estaba vivo ¿Por qué? Por qué no se resistió y en ese corto tiempo su sumisa alma recibió lo que nosotros no hubiéramos aceptado sufriendo eternamente. Esta es la medida del amor que nos tiene. Experimentó la muerte que merecíamos para que pudiéramos experimentar la vida que él conocía, una vida íntima de amor. Por eso le seguimos. Nos prometió que nunca nos abandonaría, nuestro Maestro Yahshua.

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