Doce Tribus
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La brisa seca del Este mecía las hojas de los árboles, capaz a duras penas de aliviar el calor intenso del mediodía. A la puerta de su tienda estaba sentado un hombre; la cara surcada de arrugas y la expresión del ceño como sumido en profundos pensamientos. Era un nómada, un hombre descontento de las ciudades, la civilización y el folklore de supersticiones y religiones que había conocido. Él buscaba algo real y perdurable, una vida verdaderamente espiritual. Llevaba mucho tiempo anhelando hallarlo.

En sus viajes toda una tribu se había formado a su alrededor. Rodeando los enormes troncos nudosos de aquellos árboles centenarios, había tiendas, hombres, mujeres, niños, cabras, ovejas, camellos, asnos... todo el ir y venir al sol y a la sombra, y el bullicio de una intensa vida social, llena de contacto y responsabilidades humanas. Por supuesto, en el momento de más bochorno prevalecía la calma, pero en cualquier otro momento había mucha actividad, conversaciones, cantos, danzas, reuniones a las horas de las comidas o al anochecer para escuchar historias y aprender de los más sabios... y todas las variadas tareas que conlleva el cuidado diario de personas y animales

Tenían una visión de futuro y una dirección. Algo del carácter de este hombre, ofrecía confianza e invitaba a otros a unírsele para seguirle, sufriendo con sus sufrimientos y palpando la misma realidad espiritual que él palpaba. Y aquello que inspiraba la lealtad de tantos, quedó de manifiesto aquella tarde calurosa... Al vislumbrar a los tres hombres que se encaminaban hacia el campamento, el anciano se puso en pie e inmediatamente se acercó a los visitantes para darles la bienvenida. Con la sencillez de un hombre acostumbrado a hacer lo que estaba en lo profundo de su corazón, se postró y les rogó que hicieran el favor de entrar en su campamento y aceptasen un poco de hospitalidad. Y cuando los hombres consintieron, el viejo hombre corrió excitadamente, movilizando a toda la tribu para preparar una fiesta en honor de los tres visitantes. Luego, él mismo les sirvió y se quedó en pie, deseoso de complacerles.

Lo que hizo de la suya una hospitalidad tan asombrosa no fue el hecho de que sucediese justo un día de calor sofocante, sino que él lo hacía sin pretensión alguna. La vida tribal que vivía era una vida espontánea. La verdad es que él deseaba invitar a comer a aquellos hombres. No trató de protagonizar una «buena obra» o de cumplir una obligación. Para él era un placer. Vivía para ser capaz de expresar aquel tipo de hospitalidad. Esto constituía la esencia de la vida espiritual que él vivía.

En tiempos pasados, la mayoría de las sociedades humanas eran tribales. No solo los nativos de América o África, sino que en todas partes, los pueblos experimentaban un contacto más humano y una dependencia, unos de otros, normal. Los niños aprendían al lado de los adultos ayudando a sus padres, los ancianos también hacían todo lo que podían... Los más jóvenes derrochaban su fuerza sirviendo y construyendo, y nadie podía sentirse inútil...

También, hace tiempo, la hospitalidad era algo normal, y mostrar frialdad a un extraño se consideraba un horror. La gente no osaba evitar al transeúnte. Pero hoy la «hospitalidad» se paga. Hospedar y atender al viajero es el negocio de hosteleros. Lealtad es una palabra singular y anticuada, y seguir a un hombre como lo hacía aquella pequeña tribu a la sombra de los árboles, se considera una idea descabellada, un pensamiento espeluznante... Y de esta manera, la sencilla y espontánea vida tribal, con todos sus beneficios sociales y sus responsabilidades prácticas casi no puede encontrarse ya.

¡Pero existe! El mismo espíritu que inspiró a aquel nómada continúa llamando a gente a salir del actual desorden social y a abandonar la fría, dolorosa, insustancial, absurda, engañosa y destructora experiencia de la sociedad actual para iniciar un camino donde la lealtad, el cuidado, la hospitalidad, la confianza y el amor son genuinos y posibles. Porque los que estamos aprendiendo a vivir esa vida estamos siendo restaurados y recibiendo la fe de Abraham. Es una realidad sorprendente, pero visible para un corazón sensible como el de un niño.

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