Doce Tribus
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Le seguían de ciudad en ciudad, adondequiera que fuera. Le amaban, o al menos eso creían. Una cosa era segura, que no podían vivir sin él. Era su círculo de amigos: una docena de hombres, más o menos y algunas mujeres. No eran precisamente los más fuertes, ni los más seguros de sí mismos, ni astutos arribistas compitiendo para obtener una posición. No, eran pobres y maltratados. Necesitaban un amigo en quien poder confiar, alguien que les dijera siempre la verdad.

Él siempre les decía la verdad. Cuando la gente no quería escucharla, les contaba una historia para que la averiguaran por sí mismos. A algunos les sacaba de quicio lo que decía, y otros, lo más metidos en el sistema, le odiaban a muerte, pero aun así no se desanimaba.

Su círculo de amigos le necesitaba. Tenía vida. Estaba lleno de gozo y no era superficial, fluía sin cesar. Era obvio que les amaba. Si, a ellos, a los inadaptados y harapientos, la gente de los que todos se avergonzaban. Se reunía con ellos y les hablaba, les llenaba de visión y les hacía sentirse importantes. No solo hablaba de los buenos tiempos, sino que provocaba los buenos tiempos. Incluso convertía los tiempos difíciles en buenos.

Cantaban, incluso cuando estaban tan desanimados que no sabían dónde meterse. Les hacía cantar. No les dejaba ensimismarse. Era un verdadero amigo.

Había algo que le hacía llorar. Era ver a la gente dispersa y alienada, dolida y temerosa. Lloraba.

Tenía un gran deseo de reunir a todos sus pequeños para cuidarles. Como a ti y a mí. A veces la gente acudía en masa para verle y era incapaz de despedirles y enviarles a sus casas. Se sentaba con ellos. Miles. No quería enviarlos a casa sino llevarles a casa. Quería que su hogar fuera ahí mismo. Quería que el amor fuera su hogar. Lloraba porque el sistema les tenía tan atrapados y condicionados que no se quedaban. Siempre volvían a su vieja vida muerta, a sus trabajos, a cuidar su propio espacio, separados unos de otros y sin esperanza.

Quería encender un fuego en la tierra, que ardiera en los corazones de la gente y quemara su codicia, egoísmo e insensibilidad. Un amor al rojo blanco unos por otros. Y estaba dedicado al cien por cien para conseguirlo. Así que, aunque lloraba, no perdía la esperanza. No abandonaba. Sabía que lo conseguiria.

Entonces el sistema empezó a cercarle. Querían acabar con él. Uno del círculo de amigos le traicionó. Les dijo dónde encontrarle y cuando prenderle. El huyeron cuando las cosas se empezaron a calentar. Nadie permaneció a su lado. Todos trataron de salvar el pellejo. Pero, no es así como él lo veía. No se amargó. Les conocía. Ya sabía que le abandonarían. No le importaba. Les perdonó ¿Puedes creerlo? Les perdonó. Les amo hasta el final.

El sistema le destruyó completamente. Todo el mal del corazón humano se enfocó en él ese día. Le asesinaron, pero no pudieron matar su espíritu.

Antes que se dieran cuenta su cuerpo tampoco estaba muerto. El espíritu de amor que tenía venció la muerte. El amor es más fuerte que la muerte. Volvió para decir a sus amigos que les perdonaba. No habían sido verdaderos amigos, pero ahora él les había hecho cambiar . Su perdón les hizo fieles para siempre.

Conocemos a este hombre. Su amor nos ha ganado. Somos los seguidores de Yahshua, como ese círculo de amigos del principio. Necesitamos su vida. Queremos ver llegar al hogar a todos sus pequeños. No nos importa lo que cueste. No tenemos nada mejor que hacer. Queremos reunir las Doce Tribus. Queremos que el amor llene la tierra. Sabemos que ocurrirá.

El todavía busca llenar su círculo de amigos

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