Doce Tribus
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Entre dos luces, cae la tarde.

El borde del firmamento se desvanece en tonos violetas,

y sobre él, suspendido, un velo azul profundo.

Detrás, el cielo negro se apresura.

 

En una tumba yace el cuerpo de un hombre.

Tres noches han pasado, tres mañanas,

tres largos días.

De nuevo se esconde el sol y su espíritu vuelve a su cuerpo.

La muerte huyó como cuervo espantado.

 

Vida comienza a fluir por las venas heladas,

sus ojos parpadean,

su nariz fría recibe el aire que penetra

su pecho como una llama de fuego.

Y siente la dulzura del crepúsculo,

el frescor del anochecer.

La deliciosa fragancia de las plantas del jardín,

como una espada corta el nudo que le estrangulaba.

Pronto cada célula de su cuerpo despierta con nueva vida.

Una sonrisa inunda sus labios

y un profundo bienestar brota de sus entrañas,

recorriendo todo su ser

dispuesto a escapar por sus labios entreabiertos en un grito triunfal.

 

Se sienta, se incorpora y arroja de sí el lino ensangrentado.

El poder de la vida llena cada uno de sus movimientos,

mana como una fuente

y sus pies tocan la tierra.

En pie, caminando, entra en el nuevo día que comienza

al ponerse el sol.

 

¿Viste sus ojos cuando los abrió por primera vez?

Sus pestañas se sacudieron el pesado aire de la tumba.

Su primera mirada penetró y ascendió

a través de la luz mortecina y de la tétrica roca...

Rompió el violeta y azul del crepúsculo

hasta que sus ojos capturaron el universo tembloroso.

 

Conoció la victoria.

Como un vendaval sacudió los fríos miembros de la muerte.

Vio la huidiza serpiente cabeza abajo, colgando, traspasada

y encima de ella un cetro

y un talón aplastando su cabeza.

Se maravilla. Y salta, y danza, y grita, y alaba a su Dios.

Va a encontrarse con los que ama.

¿No harías tú lo mismo?

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